LA JOVEN PROMESA

 Es de piel morena y por eso, a donde quiera que va, los vigilantes lo siguen. Esta vez fue en una escuela de élite: una de ésas para los hijos de algunos políticos, en las que imparten cátedra ciertos académicos; a las que asistimos ya sea como visitantes o becarios en busca de reconocimiento y oropel. Al ver la foto de perfil su aspecto me parece correcto: pantalón de vestir, camisa arremangada, lentes de pasta gruesa. Los grises y negros combinan. La espalda recta, la pierna cruzada y esa mirada capaz de penetrar la superficie de las cosas cierran, en redondo, su aspecto. Es lo que se espera de una joven promesa que asiste a una escuela importante. Tanto más si asiste a congresos o participa de uno u otro simposio: si le atrae la farándula intelectual. Moreno es. No tanto como yo ni como el otro 60 por ciento de la población en este país, pero lo es. Su aspecto, como toda armadura, intenta defenderlo de la realidad: pero la realidad, cosa que algunos sabemos bien y otras mejor, tiene dientes. Se queja en Twitter de aquéllos que lo siguen. Por la cabeza no le pasa la posibilidad de quejarse, por ejemplo, de sí mismo. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué me molesta que me sigan? ¿Si yo fuera el vigilante podría desobedecer una orden como ésa? No. Se queja de otros con el mismo color de piel que no tienen la oportunidad y, muy probablemente, el deseo de asistir a la escuela. Quejarse es un primer paso y, como tal, tiene su importancia. Yo mismo lo hago a solas o con mis seres queridos: que tengo que prepararle el café a mi jefa, cargarle la bolsa y llevarle la comida hasta su escritorio; que poco me falta para bolearle los zapatos. Pero antes de quejarme de ella, me quejo de mí: ¿qué hago aquí si no me gusta? ¿O es que soy muy macho y está mal obedecer las órdenes y caprichos de una mujer? Qué: ¿no tengo que pagar renta, comer, cooperar para los gastos de la casa? Puedo quejarme de ella y de mí, pero, también, de la realidad y de todos aquéllos quienes la manufacturamos. De todos quienes, ingenuamente, creemos que la escuela, sus libritos y sus inspirados oradores van a cambiar, en algo, la realidad de ese 60 por ciento de la población de este país. Yo también me la vivo en la escuela. Ahí trabajo: hoy tengo silla y escritorio, internet, cafetera a la mano. Pero antes me ha tocado ser ese vigilante al que le ordenan seguir a otros morenos, al que le imponen jornadas de al menos 12 horas, todas de pie, al rayo del sol. Y, a veces, cuando no llega el relevo, jornadas que pueden doblarse o triplicarse sin que eso represente un problema para nadie. O, acaso, sólo es un problema para esa joven promesa a la que están siguiendo injustamente por su color de piel.

 

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