LA CAJONERA
Mil cien días tuvieron que pasar para ganarme mi propia silla, el escritorio y su correspondiente cajonera: la irrupción del viejo mobiliario que confirma mi lugar en este mundo. El escritorio es tan amplio que además de la computadora y el estante con sus tres charolas, queda espacio para subir los pies. La silla con rueditas me abre la posibilidad de competir en esas carreras de go-karts por todo el departamento. Pero lo que verdaderamente me encanta es la cajonera: su llana superficie mide un metro cuadrado y encontrar algo qué ponerle encima ha ocupado mi cabeza toda la semana. Las sugerencias no han faltado: macetas o floreros, adornos, figurillas o fotos familiares. Nada me convence del todo: las macetas y floreros exigen tal compromiso que no sé si soy la persona más adecuada para adquirirlo. Ya es bastante venir diario al trabajo como para sumarle otra responsabilidad. Las figurillas o adornos, según los escritorios y cajoneras vecinos, pueden ser una solución. La ordinaria flor de estambre, la compungida y lívida muñeca de cerámica, el fatuo Buda tailandés están por todas partes. ¿Qué figurilla, entonces, daría la talla para tan díscolo temperamento? ¿Qué cosa me permitiría proyectar la desconfianza que me produce, pongamos, la compulsión de afirmarme sobre cada espacio libre? ¿De hacer patente, a como dé lugar, la contingencia de estar aquí? La cajonera podría responder estas preguntas idiotas o sólo insubordinarse, con la pura nada como ariete, frente a la faramalla de los que no sabemos quedarnos callados; los que siempre tenemos un objeto que hable por nosotros; de quienes, desesperadamente, necesitamos imponerle nuestra presencia a los demás.
Comentarios
Publicar un comentario