EL MÁS ARRAIGADO DE NUESTROS VICIOS
En el espejo de un baño tropecé con estas palabras: Para conocer a los demás, hay que conocerse a uno mismo. Desde entonces me han servido de coartada frente a la necesidad de justificar uno de mis vicios más arraigados: la autocontemplación. Míreme si no: sacarme selfies a diario, escribir cosas como ésta, hacer de mí un objeto en todas sus variantes confirman el morbo y el placer onanista que me genera la primera persona del singular. Masturbarse todos los días es sano: alivia el estrés, contribuye a la relajación, limpia el aire como lluvia dorada. Antes, sin embargo, me trajo algunos problemas. Que la gente se espantara fue el primero de ellos: especialmente quienes ya vivían espantados de todo; segundo, que me acusaran de monstruo: ¡Cómo puedes estar haciendo eso! ¡¡Y luego aquí!! ¡¡¡Hay niños!!!; tercero, que la vulnerabilidad manifiesta durante el acto onanista fuera usada en mi contra. El vicio se llama vicio porque te aparta de lo que se considera normal y te hace su prisionero. No obstante, decir que sólo trae consecuencias nefastas revela una enorme hipocresía o una comprensión malograda de las cosas. Cuando la masturbación desafiaba a la moral establecida, ahí sí que había que andar con cuidado, pero ahora que todo el mundo se saca selfies y te ofrece su carne, ya sólo los mojigatos se niegan a tener redes sociales. Vicios me sobran, pero la mojigatería no es uno de ellos: sirva este blog, efe-be, Only como evidencias. Sí que trabajo con un par que está por encima de estas cosas. O al menos de eso quiere convencer a los demás. Pero masturbación y exhibicionismo, hay. El producto de sus más hondas cavilaciones lo publican gracias al recto… y transparente arbitraje por pares, también conocido como intercambio de favores. Dicen no tener efe-be porque sus cavilaciones no son estrictamente sobre sí mismos sino que trabajan, incluyen, ponen el cuerpo por los demás; que su vicio no es la autocontemplación sino el deontológico, o sea, muy profesional cuestionamiento de la verdad. ¡Cuidado con el perro! No muerde, pero su fatuidad arranca el pedazo. El vicio es lo que es y negar su existencia flaco favor le hace a nuestra credibilidad. Seguro que para conocer a los demás es necesario algo más que masturbación. En cualquier caso, hoy que la llevamos a la práctica especularmente es buen momento para recordar que, apenas nos quitan la teta de la boca, es en nosotros que hallamos las primeras fascinaciones, y que si nos negamos a superar esa etapa es porque muchos no aceptamos como deber el superar una etapa que está ahí, tranquilita y sin molestar a nadie. Me tomo un respiro, pero antes les obsequio unas cuántas preguntas retóricas por si alguna vez entran al baño y no hay papel: ¿conocer a los demás no es demasiado vintage? ¿Es que aún encontramos nuestro reflejo en ellos? ¿O acaso de verdad podemos llegar a conocerles? Tal vez el más arraigado de nuestros vicios sea otro.
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